Sería una pena visitar Birmania y no ver ciertos lugares. Y este es uno de esos rincones que merece la pena. Que justifican un viaje en sí mismo. Me refiero al entorno de la pagoda de Shwe In Dein, en los alrededores del muy turístico lago Inle, también conocido como el sitio arqueológico de Kakku. Cuentan los lugareños que hace muchos, muchos años vivió en esta zona una pareja que un día percibió una luz intensa que salía del interior de la tierra, en su propio huerto.
Raudos se pusieron a excavar, ardua tarea para la cual contaron con la ayuda una manada de cerdos salvajes que habitaban en los alrededores. Y tras semanas de trabajo, descubrieron, ya casi en las entrañas de la tierra, unas estatuas de Buda… ¡De oro y plata! Hechizados por el hallazgo, levantaron una pequeña pagoda a la que bautizaron como Kakk Ku, que significa «con la ayuda del cerdo». Fue este el primer templo del complejo de In Dein.
Para encontrarlo hay que llegar a la aldea de Nyaung Ohak. Una de esas aldeas birmanas que viven, como casi todo el país, ancladas en el pasado. Donde se puede ver a la gente trabajar en los campos de arroz y a los niños dándose baños en compañía de búfalos en las turbias aguas del río. Desde allí parte un camino que sube y sube hasta las ruinas del complejo de In Dein, ya en lo alto de la colina.
La recompensa.
Es quizá en este trayecto donde se contempla una de las escenas más evocadoras de esta excursión. Y es que el pasillo sigue por una escalinata cubierta con un tejadillo de madera, de ascenso suave, flanqueada por una larga hilera de columnas de madera blanca. Todas ellas descascarilladas, envejecidas y que llevan directas al destino final.
Eso sí, un recorrido que se hará, casi con seguridad, acompañado de los vendedores de suvenires y de niños birmanos que corretean por este largo pasaje. Y al final del camino de columnas: la recompensa.
La llegada a ese hermoso laberinto con sabor añejo donde agonizan más de dos mil estupas pequeñas unas, de estilo tailandés, y grandes otras, todas ellas construidas entre en los siglos XII y XVIII por orden de varios reyes, príncipes, y nobles locales deseosos de crear templos para mostrar su riqueza o su devoción a Buda. El resultado es un conjunto caótico y variado donde las estupas lucen perfectamente alineadas a lo largo de un kilómetro cuadrado.
La amenaza de la cal.
Estupas de color blanco y ocre. Pero de impolutas nada. Afortunadamente todavía están muchas de ellas muy erosionadas e invadidas por el musgo y ocultas entre invasivas cañas de bambú y árboles centenarios que en algunos casos crecen en sus propias entrañas.
Lamentablemente, hace unos años el gobierno birmano inició una restauración del complejo, un proceso de blanqueamiento que amenaza con acabar con la magia de tan bello lugar. Un simple encalado sin ningún toque artístico, un rancio lavado de cara llevado a cabo con los fondos de donaciones internacionales. Por eso, al lado de algunas de las estupas restauradas hay placas donde se lee quién ha donado el dinero.
In Dein es uno de esos lugares bellos amenazado. Un entorno hermoso que parece puede tener fecha de caducidad. Hay que aprovechar para visitar este rincón de Birmania, ahora que In Dein no es demasiado conocido para perderse por ese laberinto de estupas. Para meter la cabeza en los templos y jugar a encontrar pequeñas estatuas de Buda ocultas en sus entraña.
























Conocida como Parque das Naçoes, fue inaugurado en 1998 el Oceanario, donde da la sensación de sumergirnos en lo más profundo de los océanos. El tanque central fascina tanto a niños como a mayores, al poder contemplar los temidos tiburones. Junto al Tajo hay una avenida de restaurantes con terraza en donde degustar pescado a la plancha. Se puede recorrer a pie, o en teleférico, una forma diferente que atraerá a los más pequeños. También para ellos es el Museo Ciencia Viva, que quiere estimular el conocimiento del mundo científico.















